Inocencia: (Del lat. innocentĭa). 1. f. Estado del
alma limpia de culpa. 2. f. Exención de
culpa en un delito o en una mala acción. 3. f. Candor,
sencillez.
Es curioso como hay palabras que
nos invaden en gran parte de nuestra vida. Y es curiosa la facilidad con las
que perdemos. Y no creo que las personas perdamos la palabra inocencia en un
acto fortuito y caprichoso del destino. Simplemente la escupimos haciendo un
esfuerzo sobrehumano en deshacernos de ella de la manera más cruel posible. Y
es que llega un momento de nuestra vida que dejamos la inocencia a un lado y,
además, nos esforzamos en que ella no esté relacionada con nosotros, que no se
cuele por ninguna rendija de nuestra mente. Es parte del aprendizaje, parte de
la maduración y parte de nuestro propio ciclo vital. Es algo que, aunque
queramos exagerar, tampoco podemos evitar. Pero también es un error de la
naturaleza hacerlo.
Y de un día para otro abandonamos
sin pena aquella mirada limpia y aquella sonrisa tierna para toparnos con una realidad
que está muy lejos de nuestro alcance. Queremos llevar son soltura situaciones
en las que ni nosotros mismos nos vemos reflejados. Nos fijamos en aquella persona popular de
nuestra clase que, para ti, es el más guay
y es el más cool. Después te das
cuenta que aquella persona que te parecía tan atractiva no era más que alguien
que solo buscaba llamar la atención porque no sabía vivir con ella. Empezamos a
tomar alcohol, a tener nuestras primeras aventuras sexuales y, sobretodo y que
no falte, nos hacemos nuestro primer piercing. No sé si a vosotros os ha pasado
pero, para mí, mi primera perforación fue un acto más de odio a mi inocencia.
Obviando las razones que me llevaron a agujerear mi oreja, sé que no lo hice
por estética. Igual que sé que ahora sigue estando ahí por ello. Por ello y porque
es la autoconfirmación de uno de los días en los que perdí mi inocencia.
Pero… ¿Quién puede negar que la
inocencia sea una de las cosas más bellas de nuestra existencia? Quien lo haga
está en su derecho, pero también tengo el derecho de decir que llegará un
momento en el que cambien su opinión respecto a ello.
Inocencia es un concepto tan
complicado y tan sencillo a la vez. Basta con mirar una foto de un niño
sonriendo. Y aún así no sabrás explicar lo que ello te produce. La inocencia es
una noción tan grande que se nos escapa de las manos definirla sin dejar algún
cabo sin atar. Creo que la inocencia va más allá de una sonrisa, de una risa
contagiosa de bebé o de tener una mirada absolutamente limpia en todo aquello
relacionado con el sexo. Creo que va más allá de tanta simpleza.
Una de las cosas que más me
sorprenden de los niños es su competitividad. Y, a su vez, la falta de ella.
Está claro que son competitivos. El ser humano lo es por su propia naturaleza,
pero ellos tienen un gen que hace que esa competitividad extrema se convierta
en un juego. Siempre van a querer más, ser los mejores y no tienen miedo a
ello. No tienen miedo a fracasar ni a decepcionar… Ni a las posibles
consecuencias de alcanzar las metas. No saben lo que es. Pero, a su vez, la
competitividad se acaba en el momento en que el juego se acaba. ¿Iríamos
nosotros a merendar con aquella persona que nos ha ganado y ha conseguido
cumplir nuestro sueño? Lo haríamos, pero con rencor. Ellos no… Su inocencia se
lo prohíbe. Y ante esto, lo que mejor lo explica son los partidos de fútbol de
críos de 6 años. Son ellos los que levantan a su rival mientras sus padres
discuten con el árbitro.

Otra de las muletas que lleva la
inocencia a cuestas es la ausencia total de vergüenza. Pueden ser tímidos, pero
tampoco conocer que es “tener vergüenza”. Hace poco, mientras estaba sentada en
el suelo, había un niño a unos metros que se acercó al verme y me enseñó unos
cromos preguntándome “¿Quieres ver mis
Invizimals?”. No pude negarme. Fue la inocencia la que me cautivó. Ella y
su desparpajo al venir sin conocerme de nada para introducir una conversación que,
para él, sería la más interesante del día. Ahora, a mi edad, no podría ir a
alguien y preguntarle “¿Quieres ser mi
amigo?”. Me da lástima pensar que hace un tiempo si lo supe y lo pude
hacer.
También mencionar la generosidad.
Inocencia es sinónimo de ausencia de avaricia. Y no solo ausencia, sino también
la incomprensión hacia ésta. Estoy convencida de que no pueden llegar a
entender, aunque nosotros tampoco, por qué hay gente que actúa de manera
egoísta hasta el punto de absorber su propia vida. Ellos que comparten incluso
el último caramelo de la bolsa que han comprado hace un instante. Ellos que te
prestan todo aquello que tienen a cambio de un abrazo. Ellos que comparten lo
que les hace especiales. La inocencia.
Al principio del post he
comentado que llega un punto en el que dejamos la inocencia a un lado. Y no
quise decir que la abandonamos. La dejamos para poder recuperarla en aquel momento
en el que la necesitamos. Si no sabéis recuperarla, mirar los ojos de un ser
inocente. Rodearos de personitas de 3 años. Tiraros al suelo y jugar con ellos.
En ese instante se difumina la nube negra de problemas para dejar paso a la luz
de la inocencia. Porque si, la necesitamos. Es absolutamente imprescindible
para poder ser feliz. Aunque sea por un instante.